Este es un relato que tuve que realizar para la asignatura de Introducción a la Narración, de Periodismo. Fue un día que nunca olvidaré.
¡Mi profesor está loco!
Muchas veces soñé con mi primer día en la Universidad, y estoy segura que mis placenteras horas de sueño, no incluían un profesor bailando ballet e intentando volar sobre la mesa en clases.
Los primeros días de clases se asemejan a la idea de tener un hijo. El primero es el más complicado, uno se prepara y está muy nervioso. Pero los demás, salen casi solos. He tenido muchos «primer día de la Universidad», considerando que me he cambiado varias veces de carrera (Psicología, Ingeniería Comercial, y finalmente Licenciatura en Ciencias Sociales), incluyendo cambios de sede (Valparaíso y Santiago), y de Universidad (Universidad Adolfo Ibáñez y Pontificia Universidad Católica de Chile). Pero sin duda el más complicado, como los hijos, fue el primero, cuando entré a Psicología. Hoy, más de cinco años después, recuerdo exactamente lo que aconteció.
Quién iba a pensar que caminar emocionada por los pasillos de la Universidad, un cálido lunes, iba a ser mi pesadilla el resto del semestre.
Llegué temprano a mi clase «De la Administración». Me ubiqué en los puestos que estaban en el centro de la sala. Miraba a mi alrededor como intentando identificar alguna cara que más tarde, en alguna otra clase, pudiera volver a reconocer. De pronto, como si hubiera caído del cielo (o quizás subido del infierno), entró el profesor Víctor Küllmer al aula de clases.
Un grito llamó mi atención; por un momento, imaginé como sería estar en el Servicio Militar. Al cabo de unas semanas, los gritos ya eran pan de cada día. Luego, se subió sobre su mesa y comenzó a agitar los brazos como si volara. Sigo en la duda del asunto del cielo o del infierno.
Pensé que se había vuelto loco, y estaba en lo cierto. Creí que se rompería la mesa y, efectivamente, se dobló un poco la base, pero no ocurrió nada grave. Siguió hablando; cosas sin importancia. Se bajó de la mesa e intentó, fallidamente, bailar ballet.
Realmente no podía creer lo que veían mis ojos. Había esperado con tantas ansias la entrada a la Universidad. Mis expectativas no se identificaban con este espectáculo.
Un grupo de alumnos llegó cinco minutos más tarde. Tal como era de esperarse, el profesor los regañó. Dijo: «Yo nunca llego tarde, porque puedo ver la hora en los tres relojes que tengo», y se arremangó la camisa para enseñarnos sus antebrazos. Era verdad. Llevaba dos relojes en su muñeca izquierda y uno en la derecha.
Continuó la clase alardeando del poder que tuvo en alguna época de su vida. Acto seguido, sacó un peine del bolsillo de su camisa y se peinó. Estaba perpleja. ¿Acaso aquello era normal en la Universidad?
Por los fuertes gritos del profesor y sus extrañas acciones comprendí que este semestre no sería fácil. ¿Dónde estaba la pedagogía a la que estaba acostumbrada? Sólo tenía un profesor que gozaba destruyendo la autoestima de sus alumnos. De hecho, mencionó que nos debíamos sentir orgullosos como curso ya que nadie se había puesto a llorar en el transcurso de la clase, lo que al parecer, no era usual. Claramente no fue la bienvenida, a la Universidad, que había esperado toda mi vida. Pero, por lo menos, es una buena historia para escribir un cuento.
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